Italia


Me voy a vivir a Italia. En Buenos Aires no queda mucho para mi desde que se fue Oliver y permanecer sólo podría resultar en una serie de humillaciones por parte de Juan. Hace unos días me echó de la casa que alquilamos juntos en Almagro. Me gasté los últimos pesos en regalarle las zapatillas esas que me dijo que le parecían tan cool. 20 veces más caras que las que me dió él para que luciera como las argentinas de piernas largas y pies delicados con sus chatitas imposibles para mi, que soy de usar tacones altos. Terminé entonces en casa de una compañera de trabajo, convaleciente, llorosa, febril. El primer día, tuve 40 grados de fiebre y entre sueños despertaba gritando ¡Juan!

En la habitación del hotel hay una cama con cobertor estampado de pequeñas florecitas amarillas sobre un fondo ocre, un velador antiguo con una hermosa lámpara de vidrio, una mesita de luz de madera caoba, un baño con ducha y una luz roja intensa, tan intensa que hace pensar en el cuarto de revelados de una fotógrafa. Estamos en ropa interior sentados sobre la cama y Carlo me llama Principesa Sisi. Vos sos italiana, dice. Vení a Italia conmigo. Las lágrimas me caen como gotas de lluvia sobre el pecho. Apenas nos sacamos la ropa supe que me sería imposible hacer el amor o tener sexo. Hace varias semanas él espera este momento con ilusión aún cuando le dije y le repetí que quiero ser su amiga. Pero esta noche vino a casa a preparar la cena para mi y para mi compañera de piso. Trajo pastas frescas y preparó una salsa roja liviana, con mucha albahaca: una receta suya, que incluía comer nutella a cucharadas en la sobremesa. Llevó el vino. El vino me hizo mal. Y aquí estamos, en esta habitación de hotel, en ropa interior. Mis lágrimas caen como pesadas gotas de lluvia sobre mi pecho y sus manos acarician mi rostro, mis hombros, mi pelo.

-No tenemos que hacer nada, me dice. Vení a Italia conmigo.

-No me voy a acostar contigo.

Me voy a Italia con Carlo. Tengo pasaporte. Únicamente preciso comprar los boletos de avión, que Carlo no tiene inconveniente en pagar con su tarjeta de crédito. En unos 15 días estaremos volando juntos y en Italia, viviendo juntos, desayunando juntos, paseando juntos. No nos acostaremos juntos. No me gusta, aunque quisiera que me guste. A mi me gusta Juan. Es su número de celular el que aparece en la pantalla del mio en la mesita de luz del hotel. Lo miro de reojo y parto al baño a contestar. Otra vez se cambia casa como quien cambia de pantalones, y se va a vivir con una pintora. Es una buena chica, al parecer. La conoció en ese bar al que íbamos a emborracharnos escuchando tango. El mismo donde conocí a Carlo. Esa misma noche en que Juan y yo nos peleamos por culpa de una invitación a un baño. Una fiesta privada de drogas con desconocidos en un baño y Juan buscándome, encontrándome, agarrándome fuerte por la cintura, arrastrándome a la puerta, caminando conmigo hasta el departamento de Almagro. Recuerdo bajar una escalera, luces rosas, violetas y blancas de neón. Recuerdo los días siguientes. Su indiferencia, sus exigencias, los celos por el imán en la heladera: “le estás dando cabida al hijo de puta ese de la heladería” Su mirada en la esquina de Pellegrini y Paraguay, justo en la esquina de mi trabajo. Mi sorpresa al descubrir que me espía, mi satisfacción porque vino a buscarme. Recuerdo las noches en vela. Y recuerdo sobre todas las cosas la voz de la pintora, aguda, chillona, diciéndome que es ahora ella la que está con él, que se ríen juntos de mi cuando revisan mi facebook.

De todas las cosas que me pidió Juan, lo único que no podré jamás es aceptar que salga con esa y que al mismo tiempo salga conmigo. Ojalá pudiera atribuírselo a la dignidad. Ahora que me duele como me duele, que no soporto su ausencia, confieso que no me importa, que quiero verle, que quiero que me quiera sin importar a cuántas otras quiera más. Tiemblo, y me agito en esa habitación de hotel con una copa de vino en la mano mientras un italiano se ríe y me llama principesa. Estoy enferma. Estoy flaca, demasiado flaca. No puedo más. No quiero a Juan. No te quiero. Desaparece, por favor no vuelvas nunca más.

En la habitación del hotel, Carlo escucha detrás de la puerta del baño, lo sé, lo imagino, pero no me importa. Hablo fuerte por teléfono porque Juan del otro lado de la línea dice que no me oye.

-¿Dónde estás?
-En casa – miento.
-¿Comiste?
-Sí – digo la verdad.
-Te voy a buscar y vamos a caminar.

Salgo del baño a recoger mi ropa, mi bolso, mis aritos. Carlo me mira con ojos de pena, semidesnudo, lleva calzones blancos que lo hacen lucir más delgado, tan delgado en esa cama de sábanas amarillas. Estira la mano y me regala un poema que escribió para mi, mientras me vestía de prisa, mientras arreglaba mi maquillaje mirándome en el espejo sucio sobre el lavabo. Lo agarro, me despido rápido porque estoy apurada.

-Gracias – Le digo con una sonrisa que intento. Respiro la sonrisa para que sepa que luego voy a leer ese poema. Aprieto el papel contra mi corazón. Carlo también sonríe. Yo me siento feliz. Voy a encontrarme con Juan.

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