Alvar
Escribo por necesidad. Eso lo hemos establecido.
Me levando a las 07:30 cada día. Mi momento favorito.
Duermen en casa aún... entonces el living, el comedor, el baño y la cocina son todo para mi. Cada noche me esfuerzo por dejar limpio. La vajilla lavada, guardada, la mesada y la mesa impecables. Me gusta que esté limpio todo por la mañana, sentirme bien recibida. Me gusta saber que limpié para mí y que merezco disfrutar de esa calma que presentan las viviendas cuando aclara. Con la cafetera encendida huele a plenitud... De esa plenitud que recuerdo de algunos viajes.
Escribo porque me siento sola y porque hay cosas que no puedo hablar con nadie. No se trata de pudor o falta de confianza. Se trata de que no puedo hablar... que me niego a hablar, que no entiendo cómo deben hablarse ciertas cosas, porque hay ciertas cosas que me pasan en esta letanía, pero no sé que son.
Escribo para conectar momentos inconexos, porque pienso que en algún punto del horizonte esas líneas rectas, se juntan.
Hoy todos cenarán comida recalentada. Hace días tengo unos tupper con fideos, arroz, carne. Los saco hoy de la heladera, porque en lugar de cocinar, hoy decidí escribir. Decidí, sí, porque aún en la necesidad hay una elección. Podría haber elegido dormir. Pero le rehuyo a la siesta. Si me tiro a la cama, no querré levantarme más y debo termminar con ciertas cosas: estoy lavando la frazada que mi perro usa como camita.
En mi cuarto juegan mi hijo y mi sobrino. Los escucho discutir, pelear, amigarse, reir y hacer sonidos raros. Me pregunto cómo será criar niñas... Los niños son bárbaros. Sus impulsos naturales son a la fuerza, a la contraposición de su propia fuerza contra el mundo. Son físicos. Más el mio, que es diferente.
Mi hijo de 6 años es diferente.
Con el deseo secreto de huir, lleno las horas del día de actividades y me siento orgullosa de hacerlo. Despierto por la mañana y pongo música. A veces, incluso bailo por uno o dos minutos. Voy hasta la cocina y preparo mi brebaje de reinicio: un vaso de agua con maca peruana, y un vaso de agua con una pastilla de ginseng. Me baño escuchando canciones que hablan de un mundo que no me interesa ni pertenece, pero son ensordecedoras y lo que necesito es eso: ruido. El silencio me asusta. El silencio me duele, me aterra y me pone a escribir como una autómata una serie de páginas que nunca nadie leerá jamás porque las tiro a la basura. Hay cosas inconfesables. ¿Realmente hay cosas inconfesables?
Si fuera hombre, tendría el descaro de contarlas y hacer alarde de mi promiscuidad y moral particular. Si fuera hombre haría una película hablando de mis egoismos y manías, de mis carichos y de mi ombligo.
Los hombres no tienen verguenza.
A las mujeres se nos enseña a tener verguenza. Mi verguenza me la enseñó una monja a los 10 años. Señaló mis lunares de la cara como un signo de impureza que se contraponía a una vida espiritual. Supe entonces que aquellas cosas que me pasaban por las noches, que mis abrazos a la almohada y el picor entre las piernas eran obra de la impureza de mi alma y de la baja estofa de mi clase social: así como fueron señalados mis lunares, cada principio de mes era apuntada con el dedo por la adeudada mensualidad, delante de todos mis compañeros y en vos alta.
Cuando me embarga el silencio por dentro, a pesar de la música estridente, de las voces, del tic tac del reloj, a pesar de la televisión, a pesar del gorgoteo de la cafetera, a pesar del ruido de mi propia respiración, vuelvo a ese tiempo en que mi boca no se abría, simplemente porque no valía la pena abrirla y comprobar una vez más que mi sola existencia era un tanto equivocada. Equivocada de tiempo y lugar.
Las horas pasaban rápido en la biblioteca o en el pasillo del segundo piso del colegio de monjas. Por el patio atravezaban los chicos del último año. Yo apenas tenía 13 y ni siquiera menstruaba, pero uno, uno de los más bonitos, me saludó con una mano. ¿Realmente me estaba saludando a mi? Eso no me había acontecido nunca en la vida. Nunca.
Me agité por dentro, pero mi boca y mi cuerpo permanecieron inmóviles mientras ellos subían las escaleras precisamente en dirección hacia su salón, en el mismo segundo piso. Pronto el chico lindo pasaría a 5 metros de mi, y no sabía que hacer con mis ojos. Para entonces no me reconocía dueña de una sonrisa descomunal. No sabía que tenía una linda cara ni un cuerpo armonioso. Sabía de mis pensamientos y de mis ojos incapaces de ocultar mis pensamientos. ¿Qué hago con mis ojos? En medio de esa pregunta pasó él y me sonrió, o eso creo, porque mi mirada intentaba esquivar a todos. ¿Se habían dado cuenta todos que ese chico me miraba? ¿Tenía derecho yo a mirarlo de vuelta? Claro que no. Eso es lo que hacen las chicas fáciles.
Pero yo soy una chica fácil. Porque deseaba mirar fijamente, deseaba tocar, deseaba besar. Deseaba tener un amor, gustarle a alguien. Ni a los chicos de la calle de mi casa, ni a mis compañeros de clase. No. A esos no les gusté y yo no gusto de quien no gusta de mi. Tal vez si. Pero muy en el fondo y de manera indecible. Eso es a causa de mi mamá, que desde muy pequeña me repetía como un mantra: si no te quiere, te hace un favor.
Volví al pasillo del segundo piso a mirar el patio del colegio. No volví a buscarlo a él. O tal vez si, porque no sabía que hacer con mis ojos. Mi postura era la correcta. Apoyada en un brazo, con la mano sosteniendo mi cara. Mi pelo largo, negro, bien peinado, liso, ordenado. El uniforme del colegio impecable. La falda hasta la rodilla. No había una pisca de coquetería. Pero no sabía que hacer con mis ojos. Miraba al suelo, a un costado o al otro, pero hacia abajo. Tan hacia abajo que ni la cara se me veía. Pero no era un problema. Tampoco quería que se viera mi cara. A veces no quería que me viera nadie, y me iba a la biblioteca. ¿Qué hacía entonces en ese pasillo, en el mismo sector, a la misma hora que el día anterior? En mis ojos estaba la respuesta: brillaban.
Alvar pasó riendo con sus compañeros por el patio cuadrado. Atravezaron en diagonal desde los baños hasta la base de la escalera de cerámica negra. Volvió a saludarme, sonriendo ahora con todos sus grandes dientes blancos y la boca entreabierta. Agitó la mano y me dio tiempo a mirarlo. El día anterior había sido todo tan rápido que en la noche, abrazada a mi almohada me preguntaba si había sido realmente cierto eso tan extraño que me había pasado con el chico de último año. Tenía 13 años y era la primera vez que un chico me miraba. ¿Era cierto o había malinterpretado la secuencia de hechos? Tal vez por eso volví al pasillo. Quería saber si era cierto.
Mi corazón latía terriblemente. Ni tan rápido, ni tan lento, pero con una contundencia y falta de aire que me tenían al borde del desvanecimiento. Empezaron a pasar cerca de mi los chicos de último año y Alvar rompio la fila apenas pisó el último escalón y avanzó hacia mi.
Me dijo "Hola", como si fuera lo más normal del mundo. Como si nos conocieramos. Él habló. Yo respondí con monosílados.
-¿Te gusta leer?- Me dijo mirando un libro que yo tenía en la mano.
-Si.
-¿Cómo te llamas?
-Sisi
-Eres muy linda
-Gracias
-¿Vas a estar aquí mañana?
-Si
-Nos vemos mañana.
Al día siguiente, no lo veía por ningún lado en el patio. En cambio, apareció de súbito a mi lado en el pasillo, riendo y charlando como si ya fueramos grandes amigos, o siquiera conocidos. Me hacía preguntas, pero también las contestaba él. Si me preguntaba que libro leía, enseguida oída mi respuesta me instruia sobre sus propios gustos e intentaba mostrarme aspectos de sus apreciaciones literarias que a su juicio todo lector debía valorar.
Yo a esas alturas sólo pensaba en sus dientes, en su sonrisa. Sus dientes eran algo parecido a los mios. Su porte, su color de piel, su forma de hablar. Algo había en el que se parecía a algo que había en mi. Entonces cada encuentro en el pasíllo se hacía cada vez más cómodo para mi. Podía mirarlo a los ojos porque sus ojos brillaban como los mios. Podía sonreir porque su sonrisa era amplia y franca como la mia. Y seguíamos hablando de libros, que era de lo que a mi me gustaba hablar. Hasta entonces, no había mucho más para comentar acerca de mi vida. Tener un padre, una madre, una abuela y unos hermanos no era la gran cosa. Todos los tenían. Excepto Alvar.
Nuestra primera cita fue en la única pizzería de la pequeña ciudad donde vivíamos. Fue extraño, porque me invitó a comer una pizza después del colegio (me tuve que escapar a la salida y echar a andar hacia el lado contrario a mi casa), pero él no comió nada. Solo pidió una coca cola y sacó un atado de cigarrillos. Empezó a fumar y no dejó de fumar y hablar durante todo el almuerzo. Me pareció extraño pero no se lo dije. Me habría gustado que también comiera. Pienso en las veces en que conté lo que había pasado y nunca puedo decir "fuimos a comer". Digo: me invitó a comer. Yo comí y el fumaba. En ese entonces yo no había probado jamás un cigarrillo y me parecía algo absolutamente innecesario en mi vida.
En mi vida lo único necesario eran los libros y Alvar me regaló una colección completa. Algunos días después de aquella cita se presentó en el colegio con una pequeña colección de clásicos de Óscar Wilde y Horacio Quiroga. Me pareció un buen regalo, un regalo lógico para una lectora. Pero no le atrubuí ningún significado. Que significado podría tener que un chico con el que solamente he hablado algunas veces, acerca de libros, me regale ahora una pequeña colección de algunos títulos que seguramente sobraban en la biblioteca de su casa. Sonó la campana y me fui al salón.
Fue en el pupitre que abrí uno y encontré la primera dedicatoria: De su puño y letra escribió un mensaje para mi en cada libro. Ni siquiera pude leer. Sentía en mis manos esos libros dedicados quemándome los dedos. Si una monja se percataba de mis coqueterías sería una verguenza. Tendrían toda la razón acerca de mis lunares. Solo un alma tan impura coquetea a los 13 años con un chico de último año, y no solo eso. Sino que un chico que ya no era un chico. Alvar ya tenía 19 y estaba repitiendo el curso. No tenía ni papá ni mamá a quien rendir cuentas. Vivía con su tía solterona en una inmensa casa con un patio que abarcaba toda una manzana, apenas a unas cuadras de la plaza principal del pueblo. Era un chico de otra clase social. Era de la clase social de la mayoría de mis compañeros. En todo caso era yo la no se parecía a ninguno de los estudiantes de la Inmaculada Concepción.
En casa leí una y otra vez cada dedicatoria. Eran bellas dedicatorias. Eran dulces, eran sutiles. Eran para mi. Eran divertidas. Eran ocurrentes. Eran mensajitos en un papel que me habían sido dados por un hombre que vivía practicamente solo en una enorme casa y que me habría de invitar, unos días después a conocer su colección de peces. Porque también hablabamos de sus acuarios y de toda la dedicación que debe poner una persona sobre una cosa si desea descubrir aquello que lo hace único. A él le gustaba que yo fuera una gran lectora. A mi me gustaba saber que dedicaba sus horas a un acuario. Eso implicaba irremediablemente que guardaba secretos. Dedicarse por completo a algo y dejar por ello de reir con amigos en la plaza, es solo posible a aquellas personas que se guardan algo para sí y que sólo lo comparten consigo mismos en forma de energía que va y viene al objeto de su interés y cuidado.
Ambos escondíamos algo, tal como ahora escondo algo que ni se lo que es y escribo este blog con dedicación. Llevo horas aquí, escribiendo. Y me quedaría haciendolo por días, pero en unos minutos debo ir a por los niños a la escuela y pensar qué voy a cocinar para que ellos almuercen, para mi pareja, para mí. La cocina está limpia. Limpio la cocina con dedicación todas las noches (lo repito como un mantra) y en ese momento aparecen ideas para cocinar al día siguiente. Tengo zapallo hervido. Pasaré por la carnicería y compraré pollo. Llevaré ahora al perro, así pasea, así lo miro mover la cola y le hablo. Así los niños me encuentran de buen humor. Quiero estar de buen humor. Por la tarde tengo muchas cosas que hacer.
En la noche, voy a terminar un libro. Me quedan sólo 50 páginas.
Si. He vuelto a leer.

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