CRISTIÁN
Tenía sólo 50 centavos y mucha hambre. A las 8 de la mañana y tras dos kilómetros de caminata encontré una verdulería. La mujer que me atendió me miró extrañada. No tanto por mi ropa sucia o mi mochila pesada. Le llamó la atención mi acento. Pero no me hizo preguntas. Se limitó a pesar la manzana que le pedí y me dijo que costaba 1 peso. Urgué entre mis cosas, aunque yo bien sabía que no me alcanzaría la plata. Pero confié en el dramatismo de mi acto y surtió efecto. Me vió contanto las chauchas y aceptó el trueque.
-A mi me sirven las monedas. Dejálo así – me propuso mientras se ponía los lentes.
-No se encuentran en ningún lado- le respondí y cogí la fruta.
-¿Venís de muy lejos?
-De Chile
-¡De Chile!- repitió sorprendida - ¿Y que hacés por acá por Argentina?
Entonces, nos instalamos frente a las lechugas en unos banquitos de madera a tomar mate. Para mi suerte, no todos en este país toman mate amargo y le pusimos unas cucharaditas de azúcar, a la usanza de mi mamá. En Cauquenes -allí nací y me crié- tomamos el mate dulce, le conté a mi amiga. Ella me
sirvió otro y sacó unas masitas para acompañar. Me sonaron las tripas de puro agradecimiento, porque la vida a cuestas pesa y comer no es un acto habitual. Llevaba dos días consumiendo pan. Y aún faltaba un viaje de tres horas en tren para llegar a Buenos Aires a casa de mi amigo Steven. Eso me dijo el camionero que me dejo al amanecer en la estación de trenes de Mercedes. La primera salida era a las 11 y más valía caminar por el pueblo para no sentir el frio de otoño en los huesos. También me animaron razones sentimentales: la soledad amable de las calles, el olor de la tierra humedecida por el rocío y el sol que apenas calentaba, formaban un cuadro igual al de muchos pueblos de la zona central de Chile. Asimismo, la dulzura de la señora Marta, era parecida a la ternura de mi vecina Juana, y su dadivosidad, calcada a la generosidad de mi vecina María. Ya nos habíamos acabado el agua de la tetera y se me empezó a llenar el corazón de nostalgia, hasta que la señora Marta me sacó del trance.
-Y... me parece que esta tarde nos cae la “shuvia”
Y como si se tratara de una fantasía infantil, la abuelita me llenó una bolsa con plátanos, madarinas, naranjas y peras. Cuidáte -me rogó- pero cuidate bien, porque así como los hay buenos, los hay malos. Me dío su bendición y seguí mi rumbo a Buenos Aires.
En el tren los asientos son duros. No se puede dormir a gusto y la única alternativa es pensar o escribir. Los niños corren por los pasillos y en cada parada se va llenando un poco más el vagón. La mayoría de los pasajeros lucen apresurados y muy pulcros. Es un día 25 de mayo, feriado por la conmemoración de un año más del primer triunvirato que más tarde dio paso a la independencia. Se mueven juntos padres, madres e hijos. Van de camino a casa de una tía o a pasear a Capital Federal. Éstas personas también parecen personas chilenas y me siento ansiosa. Me parece que nada a cambiado, que estoy sola y desecha a cambio de nada. Me esfuerzo por comprender que estoy en Argentina y que todos a mi alrededor son argentinos, que por fin estoy lejos de mi trabajo de mierda, de las deudas, de las micros, del diario peregrinaje al supermercado. Pero en cambio se me dibujan las caras de los campesinos del valle central que muy arreglados salen de paseo a Talca los domingos.
El vacío se instala en mi corazón y siento miedo. El miedo más grande que pueda sentir una mujer. El miedo de haber elegido la soledad a cambio de una caja de sorpresas llena de aire. Rechacé el amor tradicional, rechacé el consuelo de los hijos, rechacé los goces de la posición social. Rechacé
mi propia imágen de abeja obrera y salí a convertirme en abeja reina. Sin embargo, todo parece irremediablemente igual. Las gentes, las casas, los autos y los perros siguen sacandome la lengua con ironía desde todos lados. Cierro y abro los ojos y frente a mi esta el papá de Cristián diciéndome que soy una chiquilla tonta, que todas las parejas tienen crisis y que el nos va a ayudar a salir de ésta, que si quiero, nos preta la casa de Recoleta para que ahorremos y nos vayamos de vacaciones a Buzios. Los vuelvo a cerrar y esta vez es Cristián mismo el que me mira y me pide que nos casemos, como quien le pide a un compañero de trabajo que le preste un lápiz. Y me veo contestando Si mi amor, por fuerza de
costumbre, por decirlo diariamente y ante cualquier estímulo. Porque al principio, si estaba enamorada.
Me enamoré de su libertad, y de un momento a otro, el quiso dejar de ser libre, y puso el peso de sus errores en mi espalda. Quiso convertirme en el asta de su bandera. Quiso abrazar su triunfo sobre los fatalistas y reirse en las barbas de sus críticos. Quiso edificar su imperio sobre mis hombros, porque el apenas le echó un vistazo al mundo y se fundió de horror. Se paralizó y quiso regresar al rebaño de los humildes y fervorosos. Pero no tenía la fiereza de los obreros. No tenía la rabia de los que viven a base sopas de papas con ozobuco. Esa era yo, la mujercita fiera que sale a cazar mientras el leon duerme.
-¿Cuánto falta?- dijo una niña rubia a su padre mientras se solgaba de su
brazo.
Tiene unos 5 años y le faltan un par de dientes. Se entretuvo todo el viaje lanzando saliva por el agujero. Me miró pícara y me pidió una banana. Me tardé unos segundos en entender que quería un plátano. Se lo entregué, le sonreí y me quedé pensando en lo extraño que sería explicarle que soy extranjera a una niña que probablemente no sabe que es eso. Hace 5 minutos que tengo el lápiz y el cuaderno dispuestos, y no me sale ninguna palabra. A veces no alcanzan las palabras y el entendimiento es mas pobre
que sentir. Me pica la cabeza y apenas puedo respirar. Las ventanas cerradas me asfixian y los escupitajos de la pequeña son asquerosos.
El miedo sigue recorriendome la espalda. Pero ya no hay vuelta atrás.

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