CONCEPCIÓN




Me quejo del calor, pero están llegando los días de frío y sufro una imperceptible mutación. Me convierto en hierba alta, en tierra barrosa. Mis huesos entumecidos por tres meses, sin poder disfrutar del abrigo. No soporto llevar encima más de una prenda... apenas un saquito. Me pregunto con qué tiene que ver. Tengo la costumbre de responder que no siento mucho frio porque vengo del sur, del frío seco, como de un refrigerador. Que vengo del sur lluvioso, de semanas de lluvia intermitente y pesada, de viento y lluvia que voltea paraguar. Siempre digo que en Concepción aprendí a prescindir de los paraguas. 

Concepción. 

A los 17 años me fuí de casa de mis padres para poder estudiar en la Universidad. No he logrado convencerme de que tal sacrificio valga la pena. Sin embargo, no logro cuestionar ese deber. Superado el escollo debo reconocer que me tocó la suerte de ir a parar a una ciudad hermosa llamada Concepción. A unos 500 m al sur de Santiago, y a unos 200 km al sur de Cauquenes, Concepción es una perla atravezada por un gran río, el Bío Bío, cercana al mar, con algunos pequeños cerros y mucho verde, porque la humedad permite la vida del verde. Como musguito en la piedra, así es el verde de Concepción. 

El corazón de la ciudad es la Universidad de Concepción, cuyo lema es "Por el desarrollo libre del espíritu" Tiene un campus enorme. Hectáreas de verde, de parque, una laguna con patos, facultades, un observatorio, cerros, canchas de  tenis, de futbol, una casa de deportes, una pinacoteca, una biblioteca enorme, antigua, con diseño de líneas duras y figuras geométricas. Un enorme edificio de aulas y auditorios que parece una nave espacial, porque está en altura y es redonda, como un platillo volador: "el Plato" 

En Concepción habia dos bares que fueron lo más under que conocí incluso considerando las tantas cosas under que conocería después. Concedo que así al menos lo registra mi cabeza, a causa probablmente de la novedad y por supuesto, a causa de que es absoluta verdad. Uno, se llamaba La Repúbica y recuerdo que su dueño respondió a mi pregunta de porqué le puso así al bar: "Porque en la República de Platón no entraban los poetas" Recuerdo también que ví tocar a Los Cronopios, y que el ciclo de cine porno alemán dejó imagenes muy perturbadoras en mi cabeza, y que por supuesto me acompañan hasta el día de hoy. El otro bar, se llamaba El Jardín Secreto, y lo más under que tenía, era el viaje enorme hasta las afueras de la ciudad que era necesario hacer para llegar a lo que no era otra cosa que un pequeño local donde pasaban buena música y podías ver a las personas que con dedicación se esforzaban día a día para ser diferentes. Yo nunca me sentí diferente, siempre me consideré una chica tan normal. Tan normal, que creía que estando en esa mutitud de diferentes, podría dejar de ser ordinaria, vulgar, y por lo tanto, tan imposible de amar. 

¿Quién iba a amar a una chica como yo?

En los días fríos de Buenos Aires recuerdo Concepción. Se parecen. Así mismo entumecida viví allá y acá. Asi mismo solitaria estuve allá y acá y gozaba de husmear los domingos en las ventanas de las casas, de detenerme por un momento en las casas de las familias que tenían puesta la tele a todo volumen los domingos por la tarde. Bajo el puente Juan Pablo Segundo que conecta Concepción con la comuna vecina de San Pedro de la Paz, me quedaba yo calladita, escuchando, adivinando qué programa tendrían las familias  en la tele, y no era difícil porque las casas eran de chapa, de materiales ligeros. No era difícil adivinar que se preparaban las hijas para el colegio al día siguiente, que la mamá hacía la comida y avivaba el fuego mientras planchaba camisas y delantales. Todo medio húmedo, porque la ropa no se seca nunca. En mi pueblo mi ropa olía a humo de la leña quemando en la chimenea, o a las cenizas del brasero. A veces alguna que otra media se caía de los secadores de mimbre, unos tender con forma de iglú que se ponían sobre el fuego. En el sur el aire huele a humo, a churrascas, panes sin levadura cocidos sobre las brasas. En los braseros se cocinan las churrascas y la tetera se mantiene con agua bien caliente para el mate, o para tomar té a la hora de onces. 

Llevaba varios días yendo al puente a husmear casas ajenas para sentirme cerca de la mia, cuando conocí a Hector. 

Podría contar en detalle cómo lo conocí. Creo que lo enamoró mi sonrisa y esa amabilidad de pueblerina que me habita. Yo hablo y hablé con él todo el trayecto de vuelta del puente a mi casa en el colectivo. Héctor es el primer hombre que me bañó y me cocinó una sopa caliente como rito previo a hacer el amor. Creo que desarrollé cierta perversión por el invierno, y es lo que me hace disfrutar como una masoquista de las bajas temperaturas. Me gusta sentir el frío en la piel, ojalá la lluvia mojándome los huesos. Me gusta entrar a la casa de un amante en una ciudad pequeña de cielos cubiertos y chubascos. Me gusta que la casa huela a comida casera, a guiso, a sopa. Me gusta que afuera huela a frío y más frío. Me gusta que me reciban como Héctor, con una toalla, que en la puerta de la casa me saquen el bolso, la campera, el saco, la polera, los jeans, las medias, los sostenes, los calzones, todos mojados, estilando, porque en Concepción llueve de costado a causa del viendo y no sirven los paraguas. Me gusta mi pelo mojado sobre mis hombros desnudos, Me gusta que Héctor me tome en brazos y me lleve hasta el baño, que me meta en la bañadera y me cubra el agua caliente. Héctor me enjabona, me pone shampoo, me lava, no me acaricia, me ducha, rápido, porque hace mucho frío y la comida ya está lista. Me seca con un toallón calentado al lado de la estufa a parafina. Porque si no huele a humo huele a parafina. 


Héctor me viste, me trae unas pantuflas suyas, también calientes. Me sirve la sopa caliente. Casi no hablamos o mejor dicho, no recuerdo ni una palabra de nuestras conversaciones. Me pregnto qué pasa con mi memoria que no puede recordar lo que hablaba con ese hombre que me doblaba la edad y me bañaba enn una casa perdida en una población del gran Concepción. Qué pasa con mi memoria. Mi memoria no es capaz de recordar cómo era el sonido de su voz, ni cómo era el peso de ese cuerpo sobre el mio, pero recuerda perfectamente que luego de cada cena, nos acurrucábamos en el sillón, frente a la tele y ponía él unos vhs con películas cubanas. Así miré Vampiros en La Habana, Fresa y Chocolate, y los discursos de Fidel Castro. Los veíamos hasta que me quedaba dormida. Me llevaba otra vez en brazos al segundo piso de la casa, por la pequeña escalera hasta la habitación y me dejaba sobre la cama que olía siempre a sábanas limpias. 

Entonces hacíamos el amor con los cuerpos cálidos, satisfechos, relajados, desnudos, gozosos, como si fuera pleno verano. 



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