En otra vida el amor era una despedida en la terminal de buses.
Éramos tan jóvenes, pero nos comportábamos como adultos. El dinero apenas alcanzaba para hacer croquetas de jurel enlatado con cebolla y pan rallado. De todas formas uno de mis platos favoritos. Caminábamos a la parada del micro bajo la lluvia, con las croquetas en la mano. Un desayuno potente. No sabíamos nunca si llegaríamos a comer durante el día o sería una de esas jornadas extenuantes de engañar al estómago con galletitas o alguna otra cosa que nos ofrecieran por ahí.
Nos sentíamos poderosos.
En la calle la gente es hostil. No sonríen, caminan apurados hacia un destino incierto. Andrés estudiaba y a la hora de regresar a cobrar la plata del día, simplemente se deshacía de los volantes en el basurero. El trato era repartir 500 volantes en mano por jornada. Jamás tuve la osadía de Andrés. Jamás tiré un volante.
En las tardes, nos separábamos. Cada uno a estudiar. Cada uno a su escuela, a sus encuentros con amigos. Cada uno a sus actividades, cada uno a su esfuerzo. En la noche, el placer de hacer el amor. En esa pieza en la que vivíamos sin un televisor, apenas animados por una radio FM. La luz encendida hasta tarde. Leía cada uno lo que tenía que leer. Nos reíamos de alguna pavada escrita por algún famoso académico, hablábamos de nuestros hijos imaginarios, aunque no teníamos contemplado tener hijos verdaderos. Estábamos bien como estábamos y teníamos muchos planes. El principal, pagar las cuentas del mes, pagar el techo, pagar la comida.
No siempre alcanzaba para la comida. Entonces nos inscribimos en un comedor universitario. Caminábamos 20 cuadras para llegar, almorzar en una bandeja de plástico y volver otras 20 cuadras a trote a fin de entrar a tiempo a la clase que comenzaba a las 14 horas. En el camino nos enterábamos de una que otra cosa a tener en cuenta para la armonía de nuestra vida cotidiana: tengo que hacer esto, tengo que hacer esto otro.
Caminábamos animados. Caminábamos enérgicos. Sabíamos que era sólo el último esfuerzo y pronto estaríamos retozando en nuestra cama, en nuestra pieza sin televisor. Esta noche comeríamos arroz con las croquetas de jurel. En el almacén de la esquina compraríamos un sobrecito de mayonesa.
Tal vez haríamos el amor, y luego volveríamos a agarrar cada uno sus libros. Éramos tan jóvenes como para llegar exhaustos, hambrientos, helados a casa, comer, calentarnos cogernos y volver a levantarnos de la cama para trabajar. O eso creíamos.
Tal vez por tanto esfuezo nos rompimos.
La primera vez que Andrés se fue de viaje fue gracias a su talento. Un viaje con todos los gastos pagados para hablar en una convención de católicos acerca de su experiencia como becario. Sin padre, con una madre empleada doméstica, y un título de ingeniero en camino, Andrés era la imágen del mérito. Secretamente odiabamos a esa gente que lo felicitaba con palmaditas en la espalda por tanto sacrificio. Teníamos tan poquito tiempo para bañarnos con agua caliente, porque la dueña de la pensión nos apagaba el calefón, que nos acostumbramos a bañarnos juntos. Mientras él me jabonaba, yo le lavaba el pelo. Andrés. ¡Vivimos una vida bonita Andrés! La intimidad de dos sobrevivientes aferrados a la misma tabla de salvación. Llegué a conocer sus olores y por el olor del pliege entre su nariz y sus pómulos podia saber si estaba por agarrar un resfrío. Entonces no compraba medicina. Comprábamos una caja de vino, naranjas y salíamos a recoger hojas de eucaliptus a un descampado suburbano cercano a nuestro domicilio. Ese remedio me lo enseñó mi abuela: El vino se vierte en una ollita de aluminio, y con algunas rodajas de naranja, se pone al fuego lento. Al final se agregan algunas hojitas de eucaliptus y apenas suelta el hervor, se sirve uno una tazita. El que está enfermo traspira todo lo malo. Si se retira el vino del fuego antes que suelte el hervor, es un trago invernal y se llama navegado. Calienta por dentro y embriaga lentamente, como si fuera un veneno que compromete los sentidos.
Cada vez que Andrés enfermaba, el vino navegado lo hacía sudar grandes y gordas gotas. Las sábanas terminaban abolutamente mojadas y teníamos que dar vuelta el colchón.
En invierno fuimos absolutamente felices y mi nariz reconocía su estado físico y mental por los olores que emanaba la piel del pliegue de su nariz.
En septiembre comenzamos a planear nuestro verano. Viajaríamos por todo el país, en tren, con las mochilas en la espalda. Dejaríamos la casita y arriesgaríamos encontrar algo mejor al regresar. Pasaríamos la navidad con su mamá, en la capital, en la casa donde ella trabajaba. Sus patrones salían de viaje y nos quedaríamos de incógnito. El año nuevo lo pasaríamos en mi pueblo, con mi familia. Serían dos grandes ocasiones para ambos. Pero tampoco pensabamos en ello, porque francamente ninguno de los dos esperaba ningún tipo de aprobación. La única verdad de mi vida era que navegaba en mar abierto aferrada a una tabla, una tabla que el también sostenía. Navegábamos por la fuerza de nuestras piernas, de nuestra inteligencia, de nuestra capacidad de resistir. Éramos uno solo, y estábamos llenos de fuerza. Teníamos apenas 18 y 20 años y nuestra vida por fin había comenzado. Esto quiere decir que francamente no me importaba nadie más que él. El y yo. Estaba segura de nosotros como uno solo, de nuestro poder para enfrentar cualquier cosa. Lo que fuera. Confiaba en él, en su fuerza, en la mia, pero sobre todo en su fuerza, en su certeza, en su gracia, en la luz de sus ojos cada mañana, en sus manos haciendo el desayuno, en su alegria y en lo mucho que necesitaba la radio FM. Necesitaba despertarse y poner la radio, sonreía y me sacaba de la cama bailando, con un beso, con mordiscos. Confiaba en su fuerza, en su alegría. Mi oscuridad al lado suyo era un gatito en mi falda, un gatito durmiente.
He repasado en mi memoria una y otra vez los eventos relativos a las últimas semanas previas a su viaje. Insisto en dar con el anuncio, porque ciertamente lo que sucedió es algo que yo no vi venir, pero que necesariamente me fue anunciado. Me niego a creer que para un acto tan radical no haya preparación alguna. No necesito esa información para consolarme sino para entender, más bien para dialogar con él, porque como dije antes, éramos uno, y desde que sucedió aquello, no tengo con quien hablar. Hablar realmente, con total verdad, sin adoornos. Tal vez con dudas, con lágrimas, con súplicas, con mocos, pero con verdad. Verdad verdadera. Lo que quiero de mis amantes es que me permitan decir la verdad. Sin éxito intenté decir mi verdad tantas veces. Mi boca se calla al instante en que descubro que el otro no quiere escucharme.
Andrés y yo nos fuimos a un hotel, con los últimos pesos que teníamos, porque necesitaba decirme algo, preguntarme. Habíamos inaugurado tempranamente en nuestra relación que para las preguntas incómodas y las verdades sin anestesia, alquilaríamos una habitación de hotel. En ella hablaríamos, con total confianza. Comprábamos una botella de whisey y la metíamos de contrabando en el sobretodo. En el hotel, por supuesto barato, el whiskey funcionaba como un suero. No era necesario emborracharse pero agarrabamos valor, agarrábamos vuelo. Entonces yo le confesaba mis infidelidades y él me hacía el amor como una forma de exorcisar a todos los anteriores. Él nunca me engañó con otras mujeres ni con hombres. No se acostó con nadie más, pero a la luz de lo que sucedió después, me mintió de una manera imperdonable.
Fue una mentira salvaje que me arrasó por completo. Fue un antes y un después. Fue el momento de morir y tuve que volver a nacer. Pero nací lisiada, nací sin una parte, nací deforme.
Pienso en Andrés todos los días de mi vida. Aunque sea un minuto, un microsegundo. Es un práctica imprescindible. Soy de las que se niega a abandonar las vidas vividas. No puedo. Seré inmortal viviendo una y otra vez todas las vidas vividas.
Andrés me envió un mensaje hace dos días. Volvió a mi mente, y me trastorna.
¿Lo sabes Andrés?
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